República Checa de punta a punta: Moravia

Todo empezó cuando decidí irme a un pueblo impronunciable en las montañas checas al este del país, Kunčice pod Ondřejníkem, a enseñar español e inglés en un campamento de verano como práctica voluntaria de AIESEC. Un campamento en el que niños de 6 a 16 años iban principalmente a aprender a bailar hip hop y zumba entre otros bailes modernos.

Extremadura, mi segunda tierra

Recuerdo cuando era niña y le decía a mí tía «tita, yo quiero bailar ese baile típico de aquí», refiriéndome a la jota extremeña que bailaban los niños en las fiestas de mi pueblo. Yo pasaba del chotis, me parecía muy aburrido y monótono. Me apetecía un baile más colorido, más gracioso, no bailar sobre una baldosa dando círculos (sé que nos es la mejor época para decir esto, gatos perdónenme).

¿Nos vamos a Valencia?

—¡Vámonos a Valencia en autoestop!— me dice Dave ilusionado.

—Anda, tú estás loco, ¿quién va a parar en España?— contesté, sumándome a la retahíla siempre usada por los españoles.

Pero luego me dije, ¿por qué no intentarlo?