Qué es Sudamérica para mí

Viajes por Sudamérica de Alba Luna

Sudamérica

Un tinto a las 7 de la mañana en cualquier lugar de Colombia, bendito ritual para aguantar una parte de la mañana. Un emoliente de hierbas para calentarte en los fríos lugares andinos del Perú, ya sea para empezar o terminar el día. En esos puestecillos que están colocados de forma estratégica de 5 a 7 de la mañana y de 6 a 10 de la noche.

Alguien que va con prisas y agarra una bici tuk tuk por puestos en cualquier rincón de Bogotá. Un gringo que se cuela en la viva estampa de los lugareños. Pieles curtidas, manos cansadas.

Acelero el paso, guiada por mi instinto entre las calles de cualquier ciudad, ahora qué importa cuál. Me adapto al ritmo de la multitud para no destacar, miro al suelo pero levantando de vez en cuando la mirada para no perderme. Me siento observada algunas veces, en algunos sitios puntuales. ¿Qué culpa tengo yo de ser rubia?

Hay otras veces que me siento en el lugar adecuado en el momento preciso. Pasa. Me siento y observo. Observo y me siento. Estoy en la otra parte del charco y a veces parece que se me olvida. Al pasar las fronteras doy por hecho lo que he visto en el país anterior. Llegado un punto puede que las cosas dejen de sorprenderme.

Sigo el camino. Paso de la ropa de abrigo a las chanclas en un santiamén y es que Sudamérica es así, variada y particular. Te quita y te da. Desigualdades sociales a la puerta de casa, en la sopa del menú diario y en la prensa lugareña. Los prejuicios por color de piel siguen existiendo por sorprendente que parezca.

Aprendo que el clasismo va más allá del poder adquisitivo y se cuela en el tono de piel, sobre todo en aquellos lugares en los que hubo un virreinato. Qué buena herencia dejaron los españoletes, diferenciarse unos de otros. Las diferencias. Lo que nos separa, en vez de lo que nos une, ¡qué típico!

Aunque mi aspecto germano-noruego hace que confundan mi identidad, mis caderas de latina me delatan (o eso creen). Esta es argentina, ¡seguro! ¿Chilena, entonces?

Los paisajes me hacen sentir muy pequeña, insignificante incluso imprescindible. La mano de un niño me roza y me sonríe, ¡quiero jugar! Vuelves a la realidad. A la amabilidad propia de este pueblo tradicional y sabio.

A sus colores típicos, a sus mercados, a sus tradiciones, a sus acentos, a sus palabras. “Pata” es tío en Perú y a la vez sinónimo de “palta”, que también significa aguacate. “Manyar”en Perú no es comer ni nada parecido sino que es entender, algo para lo que algunos ecuatorianos prefieren usar “cachar” (del inglés to catch). Bailo con las palabras y en realidad me encanta; arrecho en Venezuela es estar enfadado pero en Colombia es estar cachondo (qué sutil diferencia, ¡oye!). Para referirse a los pijos hay todo tipo de nombres; “pinchado” en Colombia, “sifrino” en Venezuela, “añiñado” en Ecuador y “cheto” o “pituco” en Perú.

Ya no sé ni lo que hablo, si mi propio vallekano extremiñazao o una mezcla marciana de la lengua cervantina. Adapto las palabras de cada lugar y para cuando ya me había acostumbrado, cambio de ciudad o país y el vocabulario es distinto. Al igual que yo, que agudizo la mirada en busca de cualquier oportunidad que me haga crecer o descubrir qué hay más allá de lo que se ve, más allá de lo que se quiere mostrar.

Eso es y será para mí Sudamérica, con sus rincones, con su gente.

Os dejo con EL VIDEO que resume la experiencia de deambular 6 meses por Sudamérica porque las palabras empiezan ya a desvanecerse…

Un poco de inspiración con imágenes del camino recorrido y musiquita de fondo que llega bien adentro. Gracias al camino y a todos los que se cruzaron en él por esta experiencia.

¡Que viva la América!

 

2 comentarios

  1. Precioso texto como siempre

    1. ¡Y tus lindos comentarios como siempre! Es lo que sentí =)

      Muaaaac

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